La mayoría de estos niños y adolescente son hijos de familias disfuncionales, a menudo con padres delincuentes que trabajan para algún narcotraficante con el menudeo de la droga, o madres solteras que no pueden hacerse cargo de sus tres o cuatro hijos y los abandonan a la aventura de las calles para que empiecen a buscarse la vida solos mientras ella trabaja todo el día para traer algo de comida para los más pequeños.

Los niños sienten la necesidad de inser­tarse en un grupo porque buscan la protección, el cariño y el respeto que no tienen en sus casas, y ya sea por falta de dinero o por ganas de hacerse valer de cara a los demás, se dejan engatusar por las bandas de criminales y comienzan una carrera delictiva, bien sea vendiendo ar­tículos robados, vendiendo droga o convir­tiendose en sicarios o asesinos por encargo y de esta forma seguir ganando estatus en el mundo delictivo.

Eso les proporciona fama, dinero, un arma, una motocicleta, la admiración de una joven... la necesidad de adquirir un estatus, unido al desempleo, la cultura de la agresión que se vive en las calles y las condiciones sociales, les introducen en un camino sin retorno que siempre se paga con la muerte.

Las autoridades han establecido que la mayo­ría de los asesinatos son cometidos por niños y adolescente  que cambiaron las aulas esco­lares por la calle.

Otros casos mas extremos como los vividos por los niños en Colombia, uno de los tantos casos es el de Daniel, de 9 años, quien llegó a la escuela de sicarios de a través de un compañero del colegio. Para conseguir el permiso en su casa, le dijo a la mamá que lo habían contratado en una finca mientras duraba la cosecha del café.

"Empezábamos matando perros en las fincas y así nos iban midiendo", contó Daniel en su testimonio. La 'graduación' como sicario exigía asesinar a una persona cualquiera, la condición era que implicara algún grado de riesgo y exposición. A Daniel le asignaron a un hombre al que siguió por 4 días y a quien mató en el parque principal".

Luego de esto, tuvo que asistir al entierro para constatar que nadie lo había visto cometiendo el crimen. Cumplidos estos trá­mites, el niño ya era un sicario profe­sional.

Siete años duró Daniel en este oficio. Una tarde del 2003, hombres armados llegaron a su casa y lo balearon en frente de su madre. De nada sirvió que la mujer se arrodillara ante los verdugos de su hijo y le suplicara que no lo asesinara. "Mamá, no pida más", le dijo el propio Daniel. "Aquí no hay nada mas que hacer".
 
Ese parece ser el destino de todos los niños sicarios. "Duran uno o dos años como guardaespaldas de los 'narcos'", cuenta uno de los capos del narcotráfico arrepentido. "Allí les pagan entre 2,000 a 2,500 dólares mensuales, pero después los mismos jefes los mandan a matar para guardar sus secretos".

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