Analizamos de cerca la labor del sicario o asesino a sueldo, es altamente peli­grosa, no sólo para la ciudadanía en ge­neral, sino también para él mismo: una falla en la operación y de ser el asesino, puede pasar a convertirse en el asesinado. Sabe, además, que matar lo convierte en objeto de venganza de los deudos de su víctima: "métase usted una cosa en la cabeza, aquí por más infeliz que sea el difunto, siempre tiene alguien a quien le duela la muerte y no falta quien quiera vengarla". Puede pasar uno, cinco, diez años, pero el momento llegará. Su oficio es altamente antisocial y sin embargo, el sicario o asesino a sueldo en algunos casos analizados es religioso.

En la actualidad en Colombia Pablo Escobar se ha convertido en un icono de los sicarios. Al igual que La Virgen María Auxiliadora es la deidad sagrada a la que apelan todos los sicarios de Medellín, para que no les vaya a fallar la puntería a la hora de disparar, que la víctima no sufra y que les paguen el trabajito tal como lo negociaron, algo absurdo de pensar pero es la realidad que se vive en algunos países.

La paradójica religiosidad de los sicarios están al descubierto, no sólo por la cantidad de amuletos pertenecientes a la ortodoxia cristiana con la que se reviste para soli­citar ayuda en su acto antisocial, sino también, para conjurar las represalias que puede ocasionar su violencia. Esta contra­dicción se revela en una insólita oración, en la que demanda ayuda para matar, en una ceremonia individual, donde se rezan las balas para una mayor efectividad. 

En este sentido, los sicarios son la expre­sión más clara de una representación colectiva que tiene la ganancia y el consumo como valores sociales fundamen­tales. Su fe en los mitos y rituales religiosos no lo relega socialmente, pues la sociedad es de un individualismo también radical cuyo ideal de sí mismo es el éxito económico. En otras palabras, si bien apela el sicario a la divinidad para el éxito de sus acciones, sus móviles son solo eco­nómicos para poder rendir culto al dios más impersonal que existe en la vida humana, el dinero. Con dinero, el sujeto puede acceder al consumo, la adquisición de productos que permiten existir social­mente.  La oración del justo juez que lo mismo la rezan los sicarios en Medellín es ésta:

Si ojos tienen que no me vean, si manos tienen que no me agarren, si pies tienen que no me alcancen, no permitas que me sorprendan por la espalda, no permitas que mi muerte sea violenta, no permitas que mi sangre se derrame, Tú que lo conoces, sabes de mis pecados, pero también sabes de mi fe, no me desampares, Amén.

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